La integración sensorial es la capacidad que tiene nuestro cerebro para recibir, organizar e interpretar la información que llega a través de los sentidos y responder de forma adecuada. Cuando este proceso no funciona como debería, pueden aparecer dificultades en el aprendizaje, el juego, la conducta o las actividades cotidianas. La terapia ocupacional puede ayudar a mejorar estas dificultades mediante una valoración individualizada y un tratamiento adaptado a las necesidades de cada niño.
Cada día recibimos miles de estímulos: sonidos, luces, olores, movimientos, texturas o cambios de temperatura. La mayoría de las personas los procesan de forma automática. Sin embargo, algunos niños necesitan un esfuerzo mucho mayor para interpretar esa información y responder de manera adecuada.
La integración sensorial es un proceso neurológico que permite al cerebro organizar toda la información que recibe a través de los sentidos para utilizarla de manera útil en la vida diaria.
Cuando hablamos de sentidos no nos referimos únicamente a la vista, el oído, el olfato, el gusto y el tacto. También intervienen otros sistemas menos conocidos, como:
Gracias a todos ellos podemos realizar acciones tan cotidianas como mantener el equilibrio, escribir, montar en bicicleta, vestirnos, jugar con otros niños o permanecer sentados durante una clase.
Cuando el cerebro tiene dificultades para procesar esta información, algunas tareas aparentemente sencillas pueden convertirse en un auténtico reto.
Cada niño es diferente. Tener una o dos características aisladas no significa que exista una alteración del procesamiento sensorial.
Sin embargo, cuando estas dificultades son persistentes y afectan a su autonomía, al aprendizaje o a la participación en las actividades diarias, conviene realizar una valoración por parte de un profesional.
Algunas señales que pueden aparecer son:
En ocasiones estas conductas se interpretan como «manías» o falta de atención. Sin embargo, detrás puede existir una forma diferente de procesar la información sensorial.
Eso no significa que todos los niños con estas características necesiten tratamiento. Una valoración individual es la que permite determinar si realmente existe una dificultad y cuál es la mejor forma de abordarla.
La terapia ocupacional trabaja para que los niños puedan participar de forma más autónoma y eficaz en las actividades propias de su edad.
Cuando existen dificultades en el procesamiento sensorial, el terapeuta ocupacional analiza cómo afectan al día a día del niño: en el colegio, en casa, durante el juego o en sus rutinas de autocuidado.
El objetivo no consiste en «eliminar» determinadas conductas, sino en ayudar al niño a procesar mejor los estímulos que recibe y desarrollar estrategias que le permitan desenvolverse con mayor comodidad.
Para ello, la intervención puede incluir:
Cada programa de intervención se adapta a las necesidades concretas del niño. No existen dos tratamientos iguales.
Las dificultades en el procesamiento sensorial pueden aparecer en niños con distintos perfiles.
Por ejemplo, es frecuente que formen parte de las características de algunos niños con trastorno del espectro autista (TEA), trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH), trastornos del desarrollo o dificultades en la coordinación motora.
También pueden presentarse en niños que no tienen ningún diagnóstico y, aun así, muestran problemas para participar en actividades habituales debido a la forma en que procesan los estímulos del entorno.
Por ese motivo, la intervención siempre debe basarse en una valoración funcional y no únicamente en un diagnóstico.
Lo importante no es la etiqueta. Lo importante es comprender cómo afectan esas dificultades a la vida diaria del niño.
Las sesiones suelen desarrollarse en un entorno preparado con materiales específicos que permiten ofrecer diferentes experiencias sensoriales de forma segura y controlada.
Puede haber columpios terapéuticos, rampas, pelotas, circuitos motores, superficies con distintas texturas o actividades manipulativas. Desde fuera puede parecer simplemente un espacio de juego.
Pero no lo es.
Cada actividad tiene un objetivo terapéutico concreto y responde a la planificación realizada por el terapeuta ocupacional tras la valoración inicial.
El juego es la herramienta. La intervención es mucho más que jugar.
Además del trabajo realizado en consulta, la participación de la familia resulta fundamental. En muchos casos se ofrecen pautas sencillas para incorporar determinadas estrategias en casa y favorecer la generalización de los aprendizajes.
No. La inquietud puede deberse a muchos factores diferentes. Solo una valoración profesional permite determinar si existe una dificultad en el procesamiento sensorial.
El juego forma parte de la intervención, pero cada actividad está diseñada con unos objetivos terapéuticos específicos y adaptados a las necesidades del niño.
Depende de las características de cada niño, de los objetivos planteados y de su evolución. No existe una duración estándar.
No necesariamente. En muchos casos forma parte de un abordaje multidisciplinar junto a otros profesionales cuando la situación lo requiere.
Cuando un niño reacciona de forma intensa a determinados sonidos, evita algunas texturas o parece necesitar movimiento constante, no siempre se trata de un problema de conducta. A veces, su cerebro está procesando la información sensorial de una manera diferente.
Una valoración por parte de un terapeuta ocupacional permite identificar cómo estas dificultades afectan a su vida diaria y establecer, si está indicado, un plan de intervención adaptado a sus necesidades.
En Clínica Emme disponemos de servicio de terapia ocupacional para acompañar a niños y familias desde un enfoque personalizado, respetuoso y basado en objetivos funcionales. Si tienes dudas sobre el desarrollo de tu hijo o quieres saber si la integración sensorial puede ayudarle, estaremos encantados de valorar vuestro caso.